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A ti que eres de los míos… (Una reflexión para racionalistas)

A ti que eres de los míos, de los analíticos, de los de acción y ejecución, de los de ir deprisa, de los de elevada exigencia… (Una reflexión para racionalistas).
¿No te ha pasado alguna vez, da igual si ha sido en tu vida privada, profesional o en los negocios, que has tomado una decisión después de un análisis exhaustivo y estricta planificación, seguidos por una buena ejecución, pero terminó en fracaso?.
¿Hay que olvidarse de las emociones para tomar decisiones acertadas?, pregunto en la sección de esta web titulada Coachemoción. ¿Qué papel juegan las tripas y el corazón en tu vida?, ¿te dicen algo o los mantienes silenciados no vaya a ser que te incomoden o alteren tu esquema racional?.
Te contaré una historia personal. En 2004, tras más de 20 años en multinacionales, decidí montar mi primer negocio y hacerlo en régimen de franquicia. Durante 3 meses mantuve diversas reuniones con especialistas en franquicias, preseleccioné 10 opciones en distintos sectores, analicé cómo se ajustaba cada opción a cada uno de los 99 parámetros que predefiní cubriendo todos los aspectos del negocio empezando por mi propia capacidad de inversión, diseñé mi plan de negocio a 5 años, etc, etc.
Finalmente opté por una agencia de intermediación inmobiliaria que, aunque ya se vislumbraban los problemas posteriores, todo indicaba que era una excelente oportunidad y momento de mercado, que era la ocasión de sustituir a las agencias independientes de barrio por un modelo de intermediación profesionalizado, en red, gestionado eficientemente y diferenciado por su eficacia de captación y venta, por su márketing moderno y por la calidad ofrecida al cliente.
Todo indicaba que era mi camino, los números, el momento… ¿TODO?. No. No era todo. Lo único que justamente no tuve en cuenta fue el factor nº 100º (¿o el 1º?): yo mismo, las señales que mi identidad me estaba enviando desde mi inconsciente y que no supe o no quise tener en cuenta; en definitiva aquello no era lo que yo quería hacer o más bien, no era lo que yo quería ser. De eso me dí cuenta después, mucho después, porque nuevamente mi temperamento racionalista y resistente tiró de mi para empeñarme, para no cejar en el esfuerzo, para obcecarme en el intento hasta que ya no fue posible por el principio de la caída generalizada de ese sector en 2006. Me estuve diciendo a mí mismo durante muchos meses, “si resistes, persiste”.
Después entendí una frase que dijo Steve Jobs, el creador de Apple, el i-Phone y otros conceptos y productos revolucionarios, tras superar un cáncer de páncreas: “No caigas en la trampa de creer que tienes algo que perder; no hay razón para no escuchar a tu corazón”. O esa otra que no sé quien dijo, “No inviertas en lo que un naufragio te pueda arrebatar”.
A ti que eres de los míos, de los de planificar al milímetro, de los analíticos, de los perfeccionistas, de los prácticos, de los de acción y ejecución, de los de ir deprisa, de los que se auto exige y exige a los demás, ¿eres un SER HUMANO o un HACER HUMANO?.
Si dedicaras tu tiempo e intención a aquello que realmente importa en tu vida en la misma proporción que su importancia, estarías más centrado en preguntarte quién eres y para qué estas aquí (esas simples cosas que la humanidad se lleva preguntando miles de años). Si, si, ya sabemos que no tenemos tiempo para eso pero el “no tengo tiempo” es el primero de los 8 obstáculos que los adultos tenemos para el aprendizaje, de los que un día si te interesa te hablaré, y según Alvin Toffler los analfabetos del futuro no serán los que no sepan leer o escribir sino lo que no quieran aprender, desaprender y reaprender.
Y si le prestas a esto un rato de reflexión concluirás que en realidad esas otras ocupaciones que consumen prácticamente nuestro tiempo, ese “hacer constante”, no dejan de ser tus necesidades emocionales adictivas, una de las cuales es el “workalcoholism”, o sea, la adicción al trabajo, las lealtades a otros, organizaciones, clientes, jefes, etc. Ya, y ¿eres leal a ti mismo?.
Claro está que se nos pone cara de Tarzán en Nueva York cuando oímos hablar de escuchar tu voz interior, de cuestionarte tus creencias, de no dejarte ninguna emoción atrás, de que todo está conectado en el universo, de que materia y espíritu son una sola cosa, de que cual es la sustancia de la que están hechos tus pensamientos y otras lindezas por el estilo.
Pero, y aquí viene lo bueno, el ámbito que más ha reflexionado y teorizado en los últimos 50-70 años sobre todo esto no es el campo espiritual religioso, ni la filosofía, ni siquiera las ciencias paranormales o la ciencia ficción. No. Es el mundo científico tradicional y ortodoxo y particularmente la física de partículas y la mecánica cuántica, es decir, el puro y duro método científico cartesiano y racionalista. Quizá sea cierto, y en esa demostración matemático-experimental están empeñados los físicos desde Werner Heisenberg (Nobel de física en 1932) y su “Principio de Indeterminación”, que en los seres humanos materia y espíritu, cuerpo, mente y alma son una sola cosa indivisible. Así que habrá que cultivarlos como un TODO.
Estate pendiente de los avisos que tu cuerpo te manda, aprende a leer tus emociones y préstales la atención que tu mismo te mereces no vaya a ser que te hagas un roto y por si te vale, te dejo esta reflexión de Jung, “Quien mira hacia fuera sueña, y eso es bueno. Quien mira hacia dentro despierta, y eso es mejor”.
¿Sigues siendo de los míos?
Septiembre 2009. Angel Díaz
EL MUNDO DEL CIELO. Un hecho real

Esta es la breve historia de un encuentro entre dos extraños acercados por la casualidad.
Es un tipo alto y entrado en años aunque ágil de movimientos. Coloca con energía y rapidez sus bultos y pide permiso para pasar a su asiento. A los pocos minutos trata de compensar su inquietud intentando iniciar una conversación con su vecino de asiento a quien llamaré “Testigo” .
La azafata dice despreocupada, solícita y con estudiado –y falso- interés:
- Qué corbata tan bonita. El tipo inquieto responde: no es una corbata.
– ¿Viajas de regreso a casa? Inquiere el inquieto al Testigo una vez eludida la amabilidad enlatada de la azafata.
El tipo alto e inquieto se llama L Winnemucca. Tiene cincuenta y dos años. Acaba de pasar una semana en Alaska entre las tribus locales para hacerse escuchar y promover las tradiciones nativas. Porque, por supuesto, él y los suyos y aquellos a quienes pretende inculcar las tradiciones y valores de su raza no son indios sino “nativo americanos”.
Su nariz parece el pico de un águila, su piel oscura y lisa cubre unos brazos musculosos, su pelo largo y cano sujeto en una coleta, sus labios gruesos y dientes grandes y blancos, su frente alta e inclinada hacia atrás, como la tenían los antiguos mayas cuando forzaban los huesos del cráneo durante su crecimiento para convertir su cabeza en un símbolo de clase y superioridad frente a los guerreros, los comerciantes y los campesinos. Cuando pronuncia el sonido de las dos cés de su apellido, la vibración es gutural, proviene un lugar muy profundo en su garganta.
L , su nombre, no es una inicial. Su nombre es una sola letra. L pertenece a la tribu de los Paiute en el estado de Nevada, vecinos de los Navajos, y al clan de los Kamu Dega o comedores de conejos salvajes. Trabaja para la fundación-alianza nativo americana, luchando por recuperar las tradiciones perdidas por sus pueblos, su identidad, su universo.
El Testigo inquiere:
- Si lo que cuelga de tu cuello no es una corbata, ¿qué es?
- Es una bolsa de medicinas y remedios porque yo practico la medicina de nuestros antepasados para aliviar a los que sufren.
L explica al Testigo que su apellido Winnemucca quiere decir “un mocasín”.
- Hace ciento cincuenta años un joven guerrero perdió un mocasín cuando la batalla comenzaba muy temprano en la mañana. Pese a su inexperiencia y el terrible dolor que laceraba su pié descalzo, despellejado por las rocas y la tierra, continuó luchando hasta el anochecer con un solo mocasín. Hasta que venció. Desde entonces, mi apellido fue utilizado para llamar a todos nosotros, los descendientes de aquel valeroso guerrero.
- Los Paiute no tenemos palabras que signifiquen norte, sur, este u oeste. Nuestra orientación es la naturaleza visible. Caminamos hacia el bosque Oscuro, perseguimos los búfalos hasta el río Nube, atravesamos el cañón del Coyote o acampamos en el valle de la Vida.
- Los Paiute tampoco tenemos una palabra para decir “yo”. Porque la individualidad en nuestra cultura no existe. Siempre somos “nosotros”, el consejo de ancianos, la tribu, el clan. Nada me pertenece. Yo pertenezco a mi grupo. Soy solo el brazo de un cuerpo. No soy nada si no es como componente del todo.
- Cuando morimos solo muere nuestro cuerpo pero no somos nuestro cuerpo sino el espíritu que lo habita. Nuestro espíritu es múltiple y cuando muere el cuerpo nuestro espíritu sigue viviendo en la memoria de los que quedan y en los árboles, los ríos o la nieve. Este mundo físico es un estadio intermedio de evolución hacia el Mundo del Origen y del Fin. Lo llamamos el Mundo del Cielo o Paraíso. De allí procedemos. Al principio de los tiempos, abandonamos el Mundo del Cielo para peregrinar por distintos mundos intermedios que están dispuestos horizontalmente en el universo, construyendo nuestro espíritu. La Tierra es un mundo de dolor e imperfecto y hay que hacer también aquí una parada en nuestro camino hacia el origen.
- Nuestros adolescentes varones deben superar una prueba para convertirse en guerreros y comenzar así su periplo en el Mundo del Dolor. Enganchamos sus pezones con garras de águila atadas a cuerdas que colgamos de un árbol e izamos hasta que todo el peso de su cuerpo le desgarra. O lo enterramos dejando al aire únicamente su cabeza hasta que las hormigas le llevan a la agonía. O lo abandonamos desnudo en el desierto o sobre la nieve. Solo cuando el hombre llega a ver la muerte ante si, el limite de su resistencia, solo entonces se conocerá a si mismo y habrá empezado a fortalecer su espíritu y sabrá que el no es nada por si mismo y solo la fuerza de los antepasados, de la naturaleza y de nuestro origen en el Mundo del Cielo, guían su existencia en el Mundo del Dolor.
- Testigo, que es más fácil, ¿construir un avión o conseguir una forma física idónea en tu cuerpo?. Construir un avión. Y, ahora, que es más difícil, construir un cuerpo o construir un espíritu?. Construir el espíritu es la más ardua tarea de un hombre. Muchos no lo consiguen a pesar de llegar a viejos. Y el alma se construye con tres cosas, honestidad, voluntad y mentalidad abierta.
- Como te dije, Testigo, nuestro padre son los venerados antepasados y nuestra madre es la naturaleza. Y nuestra madre nos ama. Cuando un terremoto, un huracán o una tormenta nos hiere o nos mata, seguimos amándola porque su amor es pasión y esas manifestaciones violentas son su pasión desbordada.
L Winnemucca tiene veintitrés hermanos y hermanas del mismo padre. Se ha casado tres veces. Su primera esposa, india, a quien se unió a sus diecinueve años fue el gran amor apasionado de su vida. Pero ella sucumbió a la pérdida de su identidad milenaria por la violencia impuesta por el hombre blanco. L Winnemucca se interrumpe:
- La gran diferencia entre el hombre nativo y el hombre blanco es que el primero lleva la magia al lugar donde va y mantiene intacto su entorno mientras que el segundo se lleva la magia de allí y transforma, debilita y arruina el lugar. Lo vacía de magia.
Su primera esposa se sentía vacía. Su mundo mitológico ya no era nada, ya no estaba en tránsito en el Mundo del Dolor hacia el Mundo del Cielo, y tampoco era nada entre los blancos. Por eso, explica L, cedió a la tentación y se volvió heroinómana. Su segunda esposa debió dejar muy poca huella en él, ni siquiera la nombra. Ahora comparte su existencia estóica con su tercera esposa, una blanca rubia de ojos azules, de origen irlandés. El Testigo le pregunta:
- ¿No crees que es incoherente que defiendas los derechos de los indios y critiques la forma de ser de los blancos pero te cases con una mujer blanca y, en gran medida, vivas como los blancos?
L replica:
- Acuérdate, Testigo, de que una de las tres virtudes que construyen el espíritu es la mentalidad abierta. Los nativos no destruimos lo que nos es ajeno; lo integramos.
L explica al Testigo cómo dos de sus tres hijos murieron. La hija mayor, con quince años, fue aplastada por el coche de un amigo de la misma edad cuando conducía borracho en un descampado delante de un grupo de amigos en medio de una apuesta para ver quien conseguía equilibrar el vehículo sobre dos ruedas. L, reflexiona unos segundos, sufre. Su mirada lo dice. Es verdad que este es el Mundo del Dolor.
L también relata al testigo cómo se alistó voluntario en el US army y fue destinado a la guerra de Vietnam. Lucho allí dos años, entre el 71 y el 73.
- Cuando ves cómo los disparos de “Charly”, los vietcoms, despedazan a un hombre que está a tres metros de ti y que ha sido tu amigo durante muchos meses, cuando es de noche, la humedad invade tu garganta, cuando oyes el sonido agudo de los proyectiles acariciar tu cabeza, cuando la selva infinita, igual, negra, hunde tus pies en el barro, la vida discurre en cámara lenta ante tus ojos, se bloquea tu cerebro al dolor, escapa volando por encima de las copas de los árboles y cuando regresa todo ha pasado. Ya no hay enemigo, el peligro ha pasado y tú estás sereno, no tienes miedo. Podrías volver a hacerlo.
- He matado varios hombres. No sé cuantos. Eran todos amarillos, pero también eran guerreros y luchaban por sus antepasados, su familia y sus creencias. Responde L al Testigo, cuando éste le pregunta sin rodeos.
L regresó a Estados Unidos y tuvo que sufrir un tratamiento de recuperación psicológica y resocialización, como miles de ex-combatientes. Los demás americanos fueron más feroces que los vietnamitas. Nunca les perdonaron la derrota.
L Winnemucca desgrana su madurez en el Mundo del Dolor con calma. Acepta su destino. Esto no es más que una etapa más de su periplo de regreso al Mundo del Cielo en el que se encontrará de nuevo con todos sus antepasados y los seres amados en todos los mundos intermedios. Como el guerrero que luchó con un mocasín, él lucha, sufre, acepta, respeta. Hay que dejar la magia donde está.
El Testigo soy yo, Angel. Lo soy porque he escuchado su verdad sin intentar influirla dejando que fluya hacia su destino sin alterar su curso, como si nunca el encuentro hubiera sucedido.
Todo lo que acabas de leer es la experiencia real que viví durante las seis horas del vuelo de American Airlines AA 6852 entre Seattle y Miami, el 10 de enero de 2001. Hablamos todo el tiempo.
También me dijo, golpeando suavemente la pared del avión con los nudillos de su mano izquierda, que eso no era la realidad. Ese extraño pájaro de metal que sobrevuela millones de acres y millones de personas, no es la realidad. La realidad está sobre la tierra, en los pequeños pasos que damos cada día, en lo cotidiano, en un árbol, en una sonrisa, en el amor.
Seguramente esta conversación no hubiera existido y ambos, Winnemucca y yo, hubiéramos completado al lado y en silencio aquel largo vuelo siendo al desembarcar tan desconocidos como al embarcar, si yo no hubiera estado abierto a lo que un desconocido tenía y quería contarme. Y lo estaba por lo que mi mujer, Idoia, me estaba inspirando en ese momento en el que la estaba recordando.
Enero 2001. Angel Díaz
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